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viernes, 20 de julio de 2012

Se ha escrito: En Paris somos como hongos ...


Es así, Rocamadour: En París somos como hongos, crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París.

Julio Cortazar
Rayuela

Julio Cortazar, Rayuela Capítulo 32

martes, 26 de junio de 2012

Siete Cerillas en Fila

—Veremos cuántas canciones puedo tocar antes de emborracharme. Un funeral así no está nada mal, ¿no te parece? No es triste.
Reiko pasó a los Beatles y tocó Norwegian Wood, Yesterday, Michelle, Something. Después cantó,  acompañándose de la guitarra, Here Comes the Sun. Al final interpretó The Fool of the Hill. Puse siete cerillas en fila.
—Siete canciones. —Reiko tomó un sorbo de vino y fumó un cigarrillo—. Ellos debían de conocer muy bien la soledad y la dulzura de la vida humana, ¿no crees?
Con «ellos» Reiko se refería, por supuesto, a John Lennon, Paul McCartney y George Harrison.
Tras un breve descanso, Reiko apagó el cigarrillo, tomó la guitarra y tocó Penny Lane, Blackbird, Julia, When I’m 64, Nowhere Man, And I Love Her y Hey Jude.
—¿Cuántas son?
—Catorce—dije.

Haruki Murakami
Tokio Blues

Signo de Okey

La chica de la cafetería le dijo que si tocaba Here Comes the Sun, de los Beatles, la tienda la invitaba al granizado. Reiko levantó el pulgar e hizo el signo de okey. La cantó acompañándose de la guitarra. Tenía una voz ronca, posiblemente a causa de fumar demasiado, pero cantaba con personalidad. Mientras escuchaba la canción, contemplando las montañas y bebiendo cerveza, tuve la sensación de que el sol iba a salir de un momento a otro. Fue una sensación muy dulce y cálida.

Haruki Murakami
Tokio Blues

Toca Norwegian Wood

—Empecé a tocar la guitarra al llegar aquí porque en la habitación no hay piano. No soy muy buena. Aprendí sola, y mis dedos no están hechos para tocar la guitarra. Pero me gusta mucho. Es pequeña, manejable... Como una habitación bien caldeada.
Tocó otra pieza breve de Bach, un pasaje de una Suite. A la luz de la vela, bebiendo vino y escuchando la interpretación que hacía Reiko de Bach, mi espíritu fue sosegándose sin darme cuenta. Cuando terminó con Bach, Naoko le pidió que tocara algo de los Beatles.
—Ahora las peticiones. —Reiko me guiñó un ojo—. Desde que llegó Naoko, me paso el día tocando canciones de los Beatles. Soy su esclava musical.
A pesar de sus quejas, tocó Michelle, y muy bien, por cierto.
—Me encanta esta melodía.—Reiko bebió un sorbo de vino y fumó un cigarrillo—. Me hace pensar en la lluvia cayendo suavemente sobre el prado.
Luego tocó Nowhere Man y Julia. Mientras tocaba, de vez en cuando cerraba los ojos y sacudía la cabeza. Bebió otro sorbo de vino y fumó otro cigarrillo.
—Toca Norwegian Wood—dijo Naoko.
Reiko trajo de la cocina una hucha con forma de maneki-neko y Naoko metió dentro una moneda de cien yenes.
—¿Qué hacéis?—pregunté.
—Cada vez que le pido que toque Norwegian Wood tengo que meter cien yenes —explicó Naoko—. Es mi canción preferida, así que le damos un trato especial. Ésta la pido de todo corazón.
—Y éste es mi dinero para comprar tabaco.
Reiko, tras desentumecerse los dedos, empezó a tocar Norwegian Wood. Su interpretación estaba llena de sentimiento, sin caer en el sentimentalismo. Yo también introduje cien yenes de mi bolsillo en la hucha.
—Gracias—dijo Reiko sonriendo.
—Cuando escucho esta canción a veces me pongo triste —comentó Naoko—. No sé por qué, pero me siento como si me encontrara perdida en un espeso bosque. Hace frío, está muy oscuro y nadie viene a ayudarme. Por eso, si no se la pido, ella no la toca nunca.
—¡Igual que en Casablanca!—Reiko se rió.

Haruki Murakami
Tokio Blues

lunes, 25 de junio de 2012

Megaoctetos de Felicidad



 Nada más pasar la garita del peaje, conecté el artilugio en la radio del coche.
A ver, chavalín... ¿qué nos has preparado aquí?
Sonrisas confiadas. Simon se aflojó el cinturón para hacerles sitio a los músicos. Lola bajó el respaldo de su asiento, y yo aproveché para acurrucarme en su hombro.

Marvin en plan jefe de pista: Here my dear... This album is dedicated to you... Una versión desenfrenada del Pata Pata de Miriam Makeba para ir entrando en calor, Hungry Heart del Boss, porque hace quince años que el Boss nos hace mover el esqueleto, y, más adelante en la lista, The River, para alimentar ese corazón hambriento. Beat It, del difunto Michael Jackson, a todo volumen para dar volantazos en la carretera, Friday I'm in love, de los Cure, para —perdonad un momento que bajo el volumen— celebrar el fantástico fin de semana que acabábamos de pasar, Common People de Pulp, canción con la que habíamos aprendido más inglés que con todos nuestros profes juntos. Amado mío, la que canta Rita Hayworth en la película Gilda, que nos da subidón a todos... Amado mío, love me forever, and let forever begin tonight... Y ya que estábamos en plan romántico, le seguía una bellísima versión de Bésame mucho interpretada por Cesária Evora, Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez... Una versión sublime de I Will Survive, de Musica Nuda, y otra de My funny valentine, de Angela McCluskey, con la voz rota. De ella también, un Don't explain que podría emocionar al picaflor más cabronazo... Aznavour, con esa voz suya tan cálida, recordándonos cómo era la vida de los artistas sin gloria y sin blanca en La Bohême... El violín de Yo-Yo Ma para Ennio Morricone y sus jesuitas de La misión, Jacques Brel evocando el puerto de Amsterdam y Dylan repitiendo sin tregua I want you a dos hermanas casi vírgenes, un par de joyas de Nick Drake, fabulosas odas a la melancolía, Day is done y Cello song, qué talento este chico, lástima que muriera tan joven... Love me or leave me, implora Nina Simone mientras sorprendo a Lola frotándose la nariz... Hey, hey, hey, a Simon no le gusta ver a su hermana triste, así que rápidamente cambia las tornas y le pone a las Weather Girls con su It's raining men, para animarla... Yves Montand en recuerdo de Paulette y Simon & Garfunkel porque sí, porque emocionan con su canción For Emily, whenever I may find her... ese final apoteósico que te pone la carne de gallina, Oh, I love you... Eu sei que vou te amar, cantada por Toquinho, y Comptine d'un autre été de Yann Tiersen, Björk que grita it's oh so quiet, el Nisi Dominus de Vivaldi para complacer a Camille y la canción de Neil Hannon que tanto le gustaba a Mathilde. Kathleen Ferrier para Mahler, Glenn Gould para Bach y Rostropovich para la paz. Una canción dulce, Une chanson douce, de Henri Salvador, la misma que nos cantaba nuestra madre y que, chupándonos el dedo, escuchábamos hasta que nos quedábamos dormidos. Lucio Dalla con su Caruso... ti voglio bene assai, ma tanto tanto bene sai... La banda sonora de En la boca no, esa peli que me salvó la vida en un momento en que yo ya no quería seguir viviendo. Y otra banda sonora, la de Juegos prohibidos, con ese Romance anónimo no tan anónimo... Seguimos con el mítico Luis Mariano, que alaba a golpe de gorgorito el sol de México, Pyeng Threadgill repite Close to me y yo me digo que eso sí que es el no va más... La elegancia de Cole Porter sublimada por la de Ella Fitzgerald, y a esto le añadimos Cindy Lauper porque los contrastes son buenos, Oh, daddy, the girls just wanna have fun!, grito, sacudiendo a mi perro como si fuera el pompón de una animadora, para que todas sus pulgas bailen a gusto La Macarena.
Y muchas más... Montones de megaoctetos de felicidad.
Guiños, recuerdos, lentas fallidas en memoria de fiestas aburridas, music was my first love (For Connoisseurs only), Vincent había puesto un poquito de klezmer, la música alegre y festiva de los judíos del este de Europa, música de la Motown, música tradicional francesa, la que se tocaba con acordeón en los merenderos, canto gregoriano, fanfarrias o grandes órganos, y, de pronto, cuando el coche se estaba bebiendo toda la gasofa hasta la reserva, Ferré y Aragon cantaron su asombro: Est-ce ainsi que les hommes vivent?, ¿así es como viven los hombres?

Cuantas más canciones escuchábamos, más me costaba contener las lágrimas. Vale, ya lo he dicho antes, estaba cansada, pero sentía una bola en la garganta cada vez más gorda, cada vez más gorda...
Eran demasiadas emociones a la vez. Mi Simon, mi Lola, mi Vincent, mi Yo-alucino en mi regazo y toda esa música que me ayudaba a vivir desde hacía tanto tiempo...
Tenía que sonarme la nariz.
Cuando la máquina calló, creí que me sentiría mejor, pero entonces el desgraciado de Vincent empezó a hablar por los altavoces:
«Y ya está, se acabó, hermanita. Bueno, espero que no se me haya olvidado nada... Ah, sí, espera, aquí va la última...»

Era la versión de Hallellujah de Leonard Cohen que había hecho Jeff Buckley.

Con los primeros acordes de guitarra me tuve que morder los labios y me quedé mirando fijamente la lamparita del techo para contener las lágrimas.
Simon movió el retrovisor para que no tuviera escapatoria:
—¿Qué? ¿Estás triste?
—No —contesté, resquebrajándome por todas partes—, estoy súp... súper feliz.
 
Anna Gavalda
La Sal de la Vida

viernes, 22 de junio de 2012

La Neblina del Ayer, Leonardo Padura




—Sí, casi nadie se acuerda de ella. Nada más grabó un disco, y como trabajaba en clubes y cabarets... Imagínense que en esa época, en La Habana, había más de sesenta clubes y cabarets con dos y hasta tres espectáculos por noche. Sin contar los restaurantes y los bares donde había tríos, pianistas y hasta conjunticos...
—Increíble —dijo el Palomo, sinceramente asombrado.  
—¿Se imaginan cuántos artistas tenía que haber para mantener ese ritmo? La Habana era una locura: yo creo que era la ciudad con más vida de todo el mundo. ¡Qué carajo París ni Nueva York! Demasiado frío... ¡Vida nocturna la de aquí! Verdad que había putas, había drogas y había mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acababa nunca. ¿Te imaginas que en una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho oyendo a las Anacaonas en los Aires Libres del Prado, comer a las nueve con la música y las canciones de Bola de Nieve, luego sentarte en el Saint John a oír a Elena Burke, después irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, con la Aragón, con la Casino de Playa, con la Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros de Olga Guillot, Vicentico Valdés, Ñico Membiela... o irte a oír a los muchachos del feeling, al ronco José Antonio Méndez, a César Portillo y, para cerrar la noche, a las dos de la mañana, escaparte a la playa de Marianao a ver el espectáculo del Chori tocando sus timbales, y tú ahí, como si nada, sentado entre Marlon Brando y Cab Calloway, al lado de Errol Flynn y de Josephine Baker. Y después, si todavía te quedaba aire, bajar a La Gruta, ahí en La Rampa, para amanecer metido en una descarga de jazz de Cachao con Tata Güines, Barreto, Bebo Valdés, el Negro Vivar, Frank Emilio y todos esos locos que son los mejores músicos que ha dado Cuba. Eran miles, la música estaba en la atmósfera, se podía cortar con un cuchillo, había que apartarla para poder pasar... 

Leonardo Padura
La Neblina del Ayer

jueves, 21 de junio de 2012

Son de Mar, Manuel Vicent

Llegaron a la ciudad cuando ya oscurecía y hasta la explanada del puerto llegaba la música que venía de la terraza del náutico donde había un baile y el vocalista cantaba esa canción que decía: Tú me acostumbraste / a todas esas cosas / y tú me enseñaste / que son maravillosas / sutil llegaste a mí / como la tentación, y en el paseo de las Palmeras las madres jóvenes tiraban de los carritos de bebés y las cantinas de pescadores bajo los arcos estaban empapadas de humo y alcohol. Antes de separarse Ulises y Martina se chuparon mutuamente la lengua para sellar la excursión. Esa misma noche la chica se colocó detrás del mostrador de El Tiburón a servir copas a los marineros y el joven profesor se fue a su estudio del barrio de pescadores a corregir exámenes. Ambos volvieron a su mundo: él con Júpiter y otros dioses y ella con Quisquilla y otros clientes borrachos y no se sabe quiénes contaban cosas más alucinantes si los marineros al pie de la barra o los estudiantes en los ejercicios escritos, dos mitologías llenas de mentiras, pero una cosa era cierta: Ulises Adsuara se sentía cada día más atraído por el mundo de los marineros reales y por las historias que contaban otros desechos humanos en el puerto; en cambio Martina comenzaba a estar subyugada por las fábulas de los héroes clásicos que Ulises le leía. Ella ya había incorporado los ojos del caballo en el aljibe como uno de los mitos de su vida cotidiana.

Manuel Vicent
Son de Mar

viernes, 1 de junio de 2012

¡Silba!

Mará pulsó la tecla del radiocasete. Al oír la cinta, exageró la expresión de asombro. Simuló un cómico éxtasis.
La voz de Maria Callas.
—¡Pobre Malpica! ¿Y esto?
—Casta Diva, La mamma morta... Un bel di, vedremo. ¡Sonará hasta que se rompa o hasta que me muera! Se me van rompiendo. Antes se rompió Kind of blue, de Miles Davis. Y antes, Baladas de Coimbra, de Zeca Alfonso. Y se rompió La leyenda del tiempo, de Camarón de la Isla. Si encuentras algo mejor en el cosmos, ¡silba!

Manuel Rivas

Todo es silencio


María Callas, Casta Diva de Norma de Bellini
 

lunes, 28 de mayo de 2012

Memphis Blues, Louis Armstrong con Barney Bigard y Trummy Young


Sobre todo le gustaba un disco en el que un joven Louis Armstrong cantaba una recopilación de blues de W.C. Handy. Barney Bigard tocaba el clarinete y Trummy Young, el trombón. Ella le había regalado el disco a Tengo, pero más que para que lo escuchara él, era para escucharlo ella.
Después de hacer el amor, escuchaban el disco metidos en la cama. Ella nunca se cansaba de oírlo. «La trompeta y la voz de Louis son intachables, formidables, pero si quieres que te dé mi opinión, sobre todo deberías prestar atención al clarinete de Barney Bigard», le había dicho ella. Sin embargo, en aquel álbum, apenas había solos de Barney Bigard. Además, todos sus solos se limitaban a un chorus, ya que se trataba de un disco en el que el protagonista era Louis Armstrong. Sin embargo, ella había memorizado con mimo cada uno de los escasos solos de Bigard y siempre los tatareaba al unísono en voz baja.
«Tal vez haya mejores clarinetistas de jazz que Barney Bigard, pero por mucho que busque no encuentro a ninguno que tocara con tanta calidez y delicadeza», le había dicho ella. Sus ejecuciones —en sus mejores momentos, por supuesto— siempre se convertían en un paisaje sensorial. Sin embargo, Tengo desconocía cómo eran otros clarinetistas de jazz. En cualquier caso, a fuerza de escucharlo se fue dando cuenta, poco a poco, de que en ese álbum el clarinete poseía una bella presencia, nada forzada, sustanciosa e imaginativa. Pero para comprenderlo tuvo que escucharlo con mucha atención. También necesitó una guía competente. Si se hubiera limitado a escuchar, lo habría pasado por alto.


Haruki Murakami

1Q84

viernes, 25 de mayo de 2012

Jazz: En una frase (y con swing)

Nadie parecía dispuesto a contradecirlo porque Wong esmeradamente aparecía con el café y Ronald, encogiéndose de hombros, había soltado a los Waring’s Pennsylvanians y desde un chirriar terrible llegaba el tema que encantaba a Oliveira, una trompeta anónima y después el piano, todo entre un humo de fonógrafo viejo y pésima grabación, de orquesta barata y como anterior al jazz, al fin y al cabo de esos viejos discos, de los show boats y de las noches de Storyville había nacido la única música universal del siglo, algo que acercaba a los hombres más y mejor que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas, una música bastante primitiva para alcanzar universalidad y bastante buena para hacer su propia historia, con cismas, renuncias y herejías, su charleston, su black bottom, su shimmy, su foxtrot, su stomp, sus blues, para admitir las clasificaciones y las etiquetas, el estilo esto y aquello, el swing, el bebop, el cool, ir y volver del romanticismo y el clasicismo, hot y jazz cerebral, una música-hombre, una música con historia a diferencia de la estúpida música animal de baile, la polka, el vals, la zamba, una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos, una música que permitía todas las imaginaciones y los gustos, la colección de afónicos 78 con Freddie Keppard o Bunk Johnson, la exclusividad reaccionaria del Dixieland, la especialización académica en Bix Beiderbecke o el salto a la gran aventura de Thelonius Monk, Horace Silver o Thad Jones, la cursilería de Erroll Garner o Art Tatum, los arrepentimientos y las abjuraciones, la predilección por los pequeños conjuntos, las misteriosas grabaciones con seudónimos y denominaciones impuestas por marcas de discos o caprichos del momento, y toda esa francmasonería de sábado por la noche en la pieza del estudiante o en el sótano de la peña, con muchachas que prefieren bailar mientras escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, y huelen despacio y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente que las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente, todo eso en una música que espanta a los cogotes de platea, a los que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizá había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizás había otros caminos, y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.

I could sit right here and think a thousand miles away,
I could sit right here and think a thousand miles away,
Since I had the blues this bad, I can’t remember the day...

Julio Cortazar

Rayuela, Capítulo 17



jueves, 24 de mayo de 2012

Feliz cumpleaños

A Bob Dylan (24 de mayo de 1941)

 — ¿Es Bob Dylan?
 — Sí —dije. Bob Dylan estaba cantando Positively Fourth Street. Aunque hubiesen pasado veinte años, una buena canción seguía siendo una buena canción.
—A Bob Dylan enseguida se le reconoce — dijo ella.
—¿Porque es peor con la armónica que Stevie Wonder?
—No, no es por eso. Es que tiene una voz muy especial —dijo ella—. Su voz recuerda a un niño de pie delante de la ventana, mirando cómo llueve.

Haruki Murakami
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas